«El Hombre del Norte» es toda una apoteosis metafórica sobre el poder, la venganza y la violencia

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El director Robert Eggers completa lo que parece ser una trilogía basada en lo fantástico y lo histórico. Con una Islandia convertida en escenario de condenas eternas, maldiciones y castigo, el film en toda una rareza en el cine actual.

El Hombre del Norte, de Robert Eggers, tiene la curiosa responsabilidad de apuntalar la carrera de un director que hasta ahora ha sorprendido por su talento. Y la película lo hace y deslumbra por su escala épica. En la Islandia del siglo X, un hombre buscará venganza. Y Eggers ha creado un universo con tintes históricos impecables para contar ese recorrido. Desde la concepción del poder como herencia hasta el miedo. El argumento es una combinación entre los misterios de la mitología nórdica con una humanidad profunda que asombra por su precisión. Falibles, violentos, ambiguos, temibles. Todos los personajes en la película tienen un poderoso acento relacionado con arquetipos y estereotipos primitivos. Pero a la vez, es un relato con cuerpo propio que sostiene y apuntala la idea de lo extraordinario para Eggers. 

Si en The Witch, el director narró una historia desconcertante que descubre sus secretos para su tramo final, en El Hombre del Norte lo enigmático forma parte de todo. De la misma manera que en El Faro, el realizador juega a la desorientación para construir una historia con pinceladas de leyenda y mitos tribales. El argumento es un recorrido a través de un camino del héroe retorcido y pesaroso, que asombra por su dureza. La recreación sobre la época de Eggers añade belleza, brutalidad y brillo a una narración tan poderosa como desconcertante. Una y otra vez, la película muestra que para Eggers el tiempo, el transcurrir, la oscuridad de los misterios y el dolor humano son la misma cosa. También, una forma de construir un relato conjunto que va de un lado a otro para mostrar todas las posibilidades de la mirada del film sobre lo asombroso. 

Eggers, que en su corta carrera cinematográfica se ha distinguido por su elocuencia, llega con El Hombre del Norte a una nueva dimensión. Con una ambición que roza la audacia experimental, la que parece ser la película que cierra una extraña trilogía sobre los horrores y maravilla de lo oculto, es tan abrumadora como monstruosa. Eso, a pesar de que el mismo Eggers declaró hace poco, que debió trabajar en edición y crear una versión “más comprensible” y menos onírica del montaje final.

En El Hombre del Norte, Eggers muestra con la misma pulcritud y pulso extraordinario, paisajes de una belleza desconcertante cabezas decapitadas, y cabellos desmembrados a fuerza bruta. El metraje no tiene términos medios, tampoco se prodiga en explicaciones. Y aunque es el trabajo más “terrenal” de Eggers es también el más monumental. El director logró crear la sensación de presente continuo que define el imaginario nórdico.

La percepción que todo ocurre a la vez y en medio de la influencia inevitable del destino. Sus personajes recorren el camino predestinado para cada uno de ellos, con la aterradora convicción de hilos que le enlazan con el poder y el miedo. Poco a poco, la narración se hace dolorosa, tan cruda como para descorrer un velo inevitable de lúgubre asombro.

Para el director, la violencia es un emblema. Y cada una de las criaturas que las sufren o la infringe, es un símbolo de algo mayor. En esta ocasión, Eggers no se limitó a contar la historia de Amleth, antecedente del Hamlet de Shakespeare, sino a crear un mundo a los extremos. Un mundo primitivo inquietante, enrarecido, que sostiene un tipo de crueldad que rara vez el cine muestra. O no al menos, en esta inclasificable mezcla de belleza y refinada crueldad.

De la misma manera que en El Faro, los lúgubres placeres de lo sobrenatural se muestran en delicadas imágenes desgarradoras. El Hombre del Norte alcanza una dimensión de lo inquietante cada vez más retorcido. Eso, mientras la puesta en escena hace gala de un detalle histórico minucioso y la iluminación cuidadosa, en un apunte eficaz a la narración. La película es una cuidadosa reinvención del mito nórdico del hijo perdido y la búsqueda del propósito, en una audacia argumental a gran escala.

Tres veces el horror de la oscuridad

El Hombre del Norte está basada en una de las leyendas más conocidas, repetidas y tergiversadas del mundo nórdico. Cuenta la tragedia de un príncipe, testigo de la muerte de su padre, la ejecución de los que le apoyaban y el secuestro de su madre. Amleth (Alexander Skarsgard), logra escapar y se hace adulto lejos de todo lo que conoció en su niñez. Un hombre brutal, sin piedad e incapaz de sentir nada más que odio. 

Pero el destino le persigue. Todo el film se extiende a través de un solo momento en el tiempo. Se enlaza con la idea de la búsqueda del objetivo primordial y la unión inevitable con el pasado y el futuro. Eggers escogió un espacio atemporal que sostiene la historia desde un estrato subyacente. La travesía de Amleth transcurre en pantalla, pero también, la de los dioses y diosas que se manifiestan en escenas que desgarran la realidad. El guion, escrito por el propio director junto al escritor islandés Sjón, narra a dos voces una historia cada vez más brutal.

Para cuando el viaje está a punto de concluir, Amleth ha descubierto el motivo que le llevó a través del mar, la tierra y las estepas. Y en la soledad de esa última mirada a su vida, encuentra no solo una revelación prodigiosa. A la vez, logra vincular su odio con algo más simple que el rencor. Eggers, que deslumbró a la audiencia con brujas, muestra a un guerrero que sueña con palacios celestiales en el momento de la expiación los horrores. La historia se ha contado, las brujas invocaron al viento y al final, El Hombre del Norte es una apoteosis metafórica sobre el poder. Un mensaje tan poderoso que resuena en la pantalla como la cabalgata de una Valquiria.

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